lunes, 21 de marzo de 2016

Apuntes biográficos Hospital Civil Provincial San Juan de Dios Málaga.Capitulo IX


Hola queridos seguidores tras un tiempo sin publicar sobre mi libro, os empiezo de nuevo con los capítulos restantes,de un libro que me llevó un montón de horas y del cual estoy orgullosa aunque nunca vio la luz en papel.
Capitulo IX
Una ayuda imprescindible
LAS HERMANAS DE LA CARIDAD 
(Esta obra está protegida en la Propiedad Intelectual con el número MA-893-09)
En 1633, San Vicente de Paúl fundó en París la Congregación de las Hermanas de la Caridad mediante la agrupación de las cofradías de la caridad ya existentes y bajo la autoridad de Santa Luisa de Marillac. Más tarde, en 1668, la orden fue aprobada por el papa Clemente IX, momento desde el que se desarrolló su labor solidaria en Francia y Polonia durante los siglos XVII y XVIII.


  Las Hijas de la Caridad eran distintas de los otros grupos religiosos de aquel tiempo. Con el fin de moverse más libremente por las calles y salas de los hospitales, “tenían por monasterio las casas de los enfermos; por celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la Parroquia; las calles de la ciudad eran el claustro de su convento; la obediencia, su clausura; por rejas el temor de Dios; por velo, su santa modestia” (S. V. Paul, 24 de agosto de 1659). Se unían a Dios por votos simples, no solemnes. Pronto en su historia, se estableció la práctica de los votos anuales, no perpetuos.
Las primeras hermanas iban y venían por las calles de París y cuidaban a los pobres enfermos en sus casas. Después sirvieron en los hospitales, escuelas y casas para niños expósitos. También comenzaron a prestar asistencia en los galeotes a los soldados heridos, los ancianos y los aquejados de alguna enfermedad psíquica. De hecho, cualquier persona necesitada era objeto de sus cuidados.
En 1857, la Asociación de Beneficencia Provincial de Málaga se dirigió a París para solicitar a los superiores de la Compañía -Hijas de la Caridad- el cuidado de los pacientes del hospital que un día tuvo su mismo nombre, y que también gestionaran la administración de las enfermerías. La petición fue aceptada y llegaron siete hermanas bajo las órdenes de sor Broquedis. El acuerdo se estableció mediante la firma de un contrato con fecha de 10 de agosto de ese mismo año.
No fue fácil para las hermanas la vida en el hospital de los alrededores de la catedral. El poco espacio del que disponían condicionaba no pocas veces que durmieran en el suelo para ceder su cama a un nuevo enfermo. Además, las deficitarias condiciones higiénicas, las catástrofes naturales y la pobreza hicieron que este grupo de mujeres abnegadas salieran a pedir limosna para poder dar de comer a los pacientes.
Las hermanas de estos momentos fueron: sor Rafaela Puel, sor Magdalena Cras, sor Marta Chippier, sor Concepción Salas y sor Julia Vincent, “heroínas de la caridad”, como las denomina el Dr. Casado
Los contenidos de sus obligaciones quedaron redactadas en un nuevo reglamento para el gobierno y régimen interior del Hospital Provincial, publicado por la Excma. Diputación Provincial en 1899:“Tendrán a su cargo el aseo del establecimiento y la asistencia y cuidado inmediato de los enfermos. Cuidarán de la cocina, despensa, guardarropa, almacén, lavadero y todo el utensilio puesto en servicio” (Art.173. R.R.I 1899).
Con el traslado del hospital al actual enclave las hermanas disponían de un pabellón de dos pisos para su alojamiento. Sin embargo, tenían poco tiempo para el descanso. Su actividad era continua a través de la asistencia, de la administración de cada una de las salas y de la “vela”, una guardia de presencia en cada una de las salas asignadas. La hermana que la hacía no descansaba al día siguiente. Al contrario, debía seguir con sus obligaciones.
El Superior General de la Orden, R. P. Verdier, realizó una visita al hospital en 1924 que se convirtió en motivo de fiesta y alegría para las hermanas y demás personal sanitario.
Las hermanas también se hicieron cargo de la Escuela de Enfermeras cuando ésta se inauguró en 1931, incluyendo la residencia de estudiantes. Más adelante dos hermanas llevarían la escuela con 135 enfermeras y 30 matronas. A partir de 1934, a las nuevas hermanas que ingresaban en la comunidad se les exigía el título oficial de enfermeras.
En 1964, concluidos sus estudios de medicina en Madrid, llegó a Málaga una hermana que merece una distinción especial: sor Cecilia Collado. Tras estar dos cursos como asistente de la Escuela de Enfermería, marchó a Granada para incorporarse de nuevo al hospital en 1972 y llegar a ser la superiora de la comunidad desde 1974 hasta 1976. Son muchos los cambios que esta hermana tuvo que negociar con la diputación para que las “monjas” fueran consideradas un trabajador más del hospital.
En un principio, éstas eran las condiciones del convenio que las hermanas mantenían con la diputación: las monjas asistían a los enfermos de día y de noche, atendían la escuela, llevaban la administración de las salas, controlaban al personal auxiliar, etc; y a cambio recibían manutención y unas módicas 500 pesetas al mes que, hacia 1973, se incrementaron hasta 3000. La diputación también se hacía cargo del entierro de las monjas fallecidas.
Sor Cecilia, por decisión del Consejo Provincial de la Compañía, consiguió que la diputación considerara a las monjas como trabajadores del hospital según su cualificación profesional y mediante un contrato laboral.
Después de esta situación, las hermanas devolvieron a la diputación un tanto en concepto de residencia y alimentos.
En el año 1975, había en el hospital cuarenta Hermanas de la Caridad, de las cuales ocho eran ATS y 16 enfermeras. De éstas últimas, una era médico, la hermana Cecilia, y cinco seguían trabajando con más de 65 años a sus espaldas. Estaban distribuidas entre las salas del hospital con el fin de impartir cuidados para el cuerpo y el alma.  
El hospital cambió su estructura al implantarse la figura del jefe de personal. Entonces las hermanas dejaron de ejercer su función como administradoras de cada una de las salas del hospital. Sin embargo, era difícil cambiar la mentalidad del personal médico y no médico, que continuaban dirigiéndose a ellas para cualquier menester. Por otro lado, las obras de remodelación empezaron y las hermanas no disponían de un lugar adecuado para su residencia, de tal manera que a voluntad propia, y tras conversaciones con la diputación, abandonaron el hospital en agosto de 1976. Desde entonces, acudían cada día al hospital para incorporarse como un trabajador más. En este momento, las hermanas desempeñaban los puestos de ocho a diez enfermeras y algunos auxiliares. La hermana Cecilia ejercía su labor de médico en la sala de infecciosos y en el año 1978 ganó por oposición su plaza en el servicio de medicina interna, que tenía al Dr. Gutiérrez Mata como responsable.
En abril de 1982, el hospital contaba con doce hermanas, la mayoría ATS y distribuidas entre las distintas salas, el quirófano de urgencia y el laboratorio. Un año más tarde, en 1983, la hermana Cecilia pidió la excedencia. Sólo tres hermanas que permanecían en activo siguieron desempeñando sus labores en el Hospital Clínico, cuando se decidió traspasar a este centro a todo el personal del Hospital Civil. En 1988 las hermanas dejaron el Hospital Civil.
Sin embargo, se abrió una segunda etapa para las hermanas ante la nueva remodelación del hospital, como Pabellón C de Carlos Haya y el servicio de rehabilitación ubicado en el Hospital 18 de Julio. Dicho servicio se trasladó al Hospital Civil y, por este motivo, las hermanas que realizaban su labor asistencial en el Hospital 18 de Julio desde el 19 de febrero de 1943 se trasladaron al Civil. Así se volvió a formar una pequeña comunidad de tres monjas. Además, al cerrarse el Hospital Noble, las Hijas de la Caridad que estaban allí pasaron a incrementar la comunidad del Hospital Civil en dos oleadas: el 27 de junio de 1992 y septiembre de 1995, con la incorporación de una hermana del Hospital de Antequera. Esta nueva comunidad se mantuvo hasta 2006, año en que se cumplió la jubilación de todos sus miembros.
Estas mujeres ejemplares, que por desgracia han abandonado la asistencia sanitaria pública española, siguen trabajando en otras áreas asistenciales de nuestra sociedad. Así, la hermana Cecilia Collado sigue hoy trabajando incansablemente para los demás en la parroquia de Santa Rosalía Maqueda, y lo hace con la misma ilusión y empuje de sus primeros años en el hospital.
Los cambios acontecidos en el sistema sanitario español desplazaron a otras labores y a otros países a este grupo de mujeres, preparadas sanitaria y espiritualmente para atender al hombre enfermo.
En 2005 hubo un reconocimiento de esta congregación a nivel estatal. Gracias a la propuesta de don Juan Antonio Martínez Camino, secretario de la Conferencia Episcopal Española, y a la presentación de 48.000 cartas de apoyo, se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a la:
"Promoción en todo el mundo de los valores de la justicia, la paz y la solidaridad".
Vicente Álvarez Areces, jefe del gobierno asturiano y en calidad de presidente del jurado, fue el encargado de leer el acta en el que se realizó un reconocimiento expreso a la:
"Excepcional labor social y humanitaria en apoyo de los desfavorecidos".
Hoy día la congregación comprende en España nueve provincias canónicas, con un total de 7.073 hermanas y 742 casas. Éstas realizan una extensa labor humanitaria en países del tercer mundo como India, Libia, Angola, Bolivia, Camerún, Congo, Ghana, Ruanda, Haití, Honduras, Mauritania, Madagascar, Marruecos, Mozambique y República Dominicana, entre otros. Las Hermanas de la Caridad, atienden comedores escolares y centros para madres y niños lactantes, así como sanatorios curativos para enfermos de sida, lepra y tuberculosis.
Además, construyen escuelas y se ocupan de la enseñanza de niños y jóvenes. Su labor está siendo fundamental en la reconstrucción de los países afectados por las últimas catástrofes naturales y en los cada vez más numerosos campos de refugiados de todo el mundo.

CONTINUARÁ. . . . . 








































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